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Un libro que se construye en colectivo: infancias, territorio y comunidad en "Aquí es una casa"

En el marco de la Noche de Museos, el Museo de Geología de la UNAM fue sede de la presentación de "Aquí es una casa", publicación impulsada por Casa Gallina que sintetiza un proceso de trabajo colaborativo desarrollado junto a comunidades de Milpa Alta.
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El museo, en este caso, funciona como espacio de exhibición de un proyecto que nace en el territorio y en el diálogo entre infancias, artistas y mediadores culturales.

Más que un libro, el proyecto reúne múltiples capas: una exposición, procesos educativos y un objeto editorial artesanal que condensa años de trabajo colectivo. Al centro de todo, una premisa clara: reconocer a las infancias como protagonistas en la construcción de conocimiento sobre sus propios territorios.

Un proyecto que nace del territorio

La iniciativa se gestó a partir de una serie de procesos impulsados por Casa Gallina en diálogo con comunidades de Milpa Alta, una zona de la Ciudad de México que, pese a su condición urbana, mantiene un fuerte arraigo en la cosmovisión y cultura nahua.

El punto de partida más reciente fue la exposición Lluvias y secas. La visión ancestral del tiempo en Milpa Alta, desarrollada en 2024 junto a la artista Melissa Paredes y Calpulli Tecalco, centrada en los ecosistemas de la región. A partir de ahí, se detonó un proceso educativo que conectó a niñas y niños de Milpa Alta con infancias de Santa María la Ribera.

A través de un curso de verano, exploraron estos territorios mediante imágenes, juegos y actividades. El resultado fue un intercambio postal en el que compartieron cómo viven, qué comen, cómo son sus casas y qué paisajes habitan. Ese diálogo fue el germen del libro.

La infancia como autora

Uno de los ejes más potentes del proyecto es el reconocimiento de las niñas y niños como agentes activos, no como receptores pasivos.

“A veces no somos los adultos quienes enseñamos, sino que son los niños quienes nos enseñan a nosotros”, señaló la escritora Alejandra Retana durante la presentación.

Las experiencias, dibujos y relatos generados en los talleres no solo inspiraron el contenido del libro: lo estructuraron. Las escenas cotidianas, los símbolos culturales —como los chinelos o las festividades locales— y las formas de nombrar el mundo surgen directamente de las voces infantiles.

Un diálogo entre texto e imagen

El libro es resultado de una colaboración estrecha entre la escritura de Alejandra Retana y la ilustración de Pepe Retana, en un proceso que ambas describen como profundamente dialógico.

Lejos de una relación jerárquica, texto e imagen se construyeron en paralelo, reinterpretándose mutuamente. “Ambas somos autoras”, afirmó Alejandra, subrayando que cada decisión fue negociada y compartida.

Personajes que nacen de la observación del territorio

Las ilustraciones parten directamente de los materiales producidos por las infancias: cuadernos, dibujos y relatos en los que se repetían paisajes, escenas y elementos cotidianos. A partir de esa observación, la ilustradora construyó un universo visual que traduce esos territorios en personajes y situaciones.

En este proceso, los personajes se convirtieron en animales —como cacomixtle, gallinas, teporingos, perros o ajolotes— no como un recurso decorativo, sino como una forma de representar la vida que habita cada lugar. Más que retratar individuos específicos, la intención fue construir figuras que condensaran experiencias colectivas y permitieran recorrer los espacios desde una mirada sensible.

Así, los animales funcionan como mediadores entre los paisajes y quienes los habitan: permiten mostrar la vitalidad de la vida cotidiana, las dinámicas comunitarias y las relaciones con el entorno natural. Al mismo tiempo, retoman elementos presentes en los propios dibujos de las niñas y niños, así como en los ecosistemas locales, integrando lo observado, lo vivido y lo imaginado en una misma narrativa visual.

Un libro como objeto vivo

La materialidad del libro refuerza su concepto. Diseñado como un sobre postal que se despliega en forma de acordeón, el objeto remite directamente al intercambio que le dio origen.

Cada ejemplar está producido de manera artesanal, impreso y ensamblado manualmente, lo que refuerza su carácter único y cuidado. Además, el formato invita a la interacción: abrir, desplegar, recorrer.

Pero el proyecto no termina en la lectura. La exposición asociada —presentada en el museo como sede— permite a los visitantes explorar las ilustraciones originales, intervenir el espacio y continuar el diálogo iniciado por las infancias.

Casa Gallina: mediación y comunidad

El rol de Casa Gallina ha sido clave como articulador del proyecto. Bajo la dirección de Josefa Ortega, la organización ha impulsado un modelo de trabajo que combina arte, educación y comunidad.

Más que producir contenidos, Casa Gallina construye procesos: convoca a artistas, vincula territorios, escucha a las infancias y genera plataformas donde distintas voces pueden encontrarse.

Habitar y reimaginar el territorio

En un contexto urbano donde el arraigo se vuelve cada vez más frágil, Aquí es una casa propone una pausa: mirar el entorno, reconocerlo y resignificarlo.

El proyecto plantea que tanto lo rural como lo urbano están atravesados por memorias, afectos y prácticas comunitarias. Y que, muchas veces, son las infancias quienes mejor logran nombrarlas.

Lejos de ser un objeto estático, el libro se presenta como una invitación abierta: a imaginar otros territorios, a contar nuevas historias y a seguir construyendo comunidad desde la colaboración. 

Actualmente se trabaja una nueva edición bilingüe del libro en náhuatl y español.